Confundir un cargo público con hacer política es un error que termina afectando la percepción que la sociedad tiene del servicio público.
La idea es clara: ocupar un puesto dentro del gobierno no convierte automáticamente a una persona en político. La política requiere preparación, experiencia, responsabilidad y una visión orientada al bien común.
“Mi hijo ya entró a la política”, cuenta la anécdota. Al preguntar qué cargo tenía, la respuesta fue: “Lo nombraron director de Catastro”. La réplica fue contundente: “Su hijo entró a la burocracia, pero no a la política”.
El mensaje plantea una diferencia importante: los cargos administrativos forman parte de la estructura gubernamental, mientras que el ejercicio político implica mucho más que recibir un nombramiento.
Cuando personas sin preparación llegan a posiciones de responsabilidad y las desempeñan mal, pueden terminar perjudicando no solo a una administración, sino también la confianza en quienes sí ejercen la política con responsabilidad.
Porque tener un cargo no necesariamente te hace político; la preparación y la capacidad para servir son las que dan sentido a la función pública.
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