Cuando cae la noche y la mayoría de las personas permanece en casa, comienza una silenciosa jornada en patios, bosques, caminos y vecindarios.
Entre las sombras aparecen las zarigüeyas, pequeños mamíferos que recorren grandes distancias en busca de alimento. Su existencia en estado salvaje suele ser corta: muchas enfrentan una vida de apenas uno o dos años, marcada por el frío, la falta de alimento, los depredadores y, especialmente, el peligro de las carreteras.
Pero detrás de esa vida aparentemente insignificante existe una función ecológica que pocas veces vemos.
Las zarigüeyas son omnívoras y oportunistas. Se alimentan de insectos, pequeños animales, restos de comida y carroña. Al hacerlo, ayudan a mantener limpio su entorno y contribuyen al equilibrio de los ecosistemas.
Incluso pueden consumir algunas serpientes y otros animales que representan un riesgo para otras especies. Además, su alimentación puede ayudar a mantener bajo control determinadas poblaciones de parásitos, incluidas las garrapatas.
Y, pese a su apariencia, no suelen buscar enfrentamientos.
Cuando una zarigüeya se siente amenazada, su primera reacción normalmente es evitar el conflicto. Puede quedarse inmóvil, mostrar los dientes, sisear o incluso entrar en un estado conocido como tanatosis, en el que aparenta estar muerta. No es una estrategia de ataque: es un mecanismo de defensa.
Por eso, encontrarse con una durante la noche no necesariamente significa estar frente a un animal peligroso.
A veces, la mejor manera de ayudar a la naturaleza consiste simplemente en dar espacio.
No perseguirlas. No lastimarlas. Y si una aparece cerca de una carretera, reducir la velocidad y permitirle continuar su camino.
Su vida puede ser corta y pasar casi desapercibida. Pero durante esas noches que nosotros no vemos, las zarigüeyas cumplen una tarea silenciosa dentro de los ecosistemas.
Quizá no vivan mucho tiempo… pero mientras están aquí, ayudan a mantener limpio y equilibrado el mundo que compartimos.

