Durante años se ha repetido una idea equivocada: que el presupuesto municipal “es del presidente o de la presidenta", como si el dinero público dependiera de una sola persona.
La realidad es muy distinta.
El presupuesto no es propiedad del alcalde, no es una bolsa personal y mucho menos un cheque en blanco. Es una decisión que debe aprobar el cabildo, porque el gobierno municipal no lo gobierna una sola persona, sino un órgano colegiado.
El problema es que, en muchos municipios, el cabildo solo existe en el papel.
Por eso es común ver presupuestos que se entregan tarde, con información incompleta, en sesiones rápidas y sin discusión real. Se vota “en automático”, sin revisar a fondo en qué se va a gastar el dinero y sin preguntar si esas prioridades realmente responden a las necesidades de la gente. Así, el debate desaparece y el presupuesto se vuelve solo un trámite.
Cuando las decisiones públicas dejan de discutirse, la democracia sigue existiendo formalmente, pero pierde su sentido. Aprobar el presupuesto sin análisis es exactamente eso: cumplir con la forma, pero no con la responsabilidad.
Después vienen los reclamos ciudadanos: obras que nadie pidió, servicios básicos abandonados, gastos que no se explican. Y entonces la atención se centra solo en el presidente municipal.
Pero hay una pregunta más incómoda que casi nunca se hace: ¿quién permitió que ese presupuesto se aprobara sin discusión?
Gobernar no es solo gastar el dinero público. Gobernar es decidir con responsabilidad, explicar por qué se elige una cosa y no otra, y rendir cuentas de manera clara.
Mientras sigamos creyendo que el presupuesto es de una sola persona, seguiremos teniendo cabildos que existen… pero que no gobiernan.
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